jueves, 22 de mayo de 2008

MATA HARI


Mata Hari es el nombre artístico de Margaretha Geertruida Zelle (7 de agosto de 1876, Leeuwarden. Países Bajos - 15 de septiembre de 1917, Vincennes. Francia). Fue una famosa bailarina exótica y dama cortesana holandesa, condenada a muerte por espionaje durante la I Guerra Mundial.

"¿Una ramera? ¡sí! pero una traidora ¡jamás!" es una frase que se le atribuye a Mata Hari durante un juicio que se transformó en sumarísimo con carga moral.
El joven oficial ruso de 23 años del que estaba enamorada, y por el que aceptó el encargo de espiar para Francia al embajador alemán en Madrid por un millón de francos de la época (el joven fue herido en combate en un ojo y necesitaba cuidados), habló de ella en términos de "mujer aventurera" una vez que supo de su encarcelamiento. Margaretha acudió a las autoridades francesas, para conseguir un visado especial para el tránsito por el territorio en guerra que era necesario para acudir donde estaba ingresado. Ese momento había sido aprovechado para proponerle trabajar para el gobierno de la República en asuntos tan delicados.
Este desprecio de "por quien hubiera cruzado el fuego" según Mata Hari, entre otros sinsabores, como el envenenamiento de su pequeño, la ausencia de su hija y una dura vida sin apenas ingresos que llevó con su tía antes de lograr la fama en París, ayudaron a Margaretha en la consecución de la siempre difícil entereza o quizás resignación, de aceptar su propia muerte con peculiar valentía ante lo inevitable. No obstante, hasta pocas horas antes del fusilamiento, tuvo la esperanza de que el presidente de la República le concediera el indulto. Cuando le fue denegado y se procedió acto seguido al fusilamiento, todavía no podía creer lo que iba a suceder aquel amanecer del 15 de octubre, con la mente todavía ausente por los relajantes que solía tomar para conciliar el sueño. Sin embargo, con la ayuda seguramente de las numerosas charlas que había sostenido previamente con la religiosa que le asistió cierto tiempo, y la aceptación progresiva de que podría suceder lo peor, hicieron que sus últimos actos fueran acordes al mito que representaba para sus contemporáneos. En momentos como esos, no es posible fingir una artificial rectitud o valentía. Margaretha Geertruida Zelle, siempre proclamó insistentemente su inocencia, hasta el último instante.

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